La sociedad gestionada
mediante computadoras
IVAN ILLICH
[Resumen de una conferencia ofrecida en Tokio durante el
Simposio "La Ciencia y el Hombre" en 1982. Traducción de
Angello Ponziano]
Ya se aprecia claramente que las máquinas que imitan al
hombre están usurpando todas las facetas de la vida
cotidiana y que tales máquinas están forzando a la gente a
comportarse como ellas. Los nuevos artificios electrónicos
tienen, por cierto, el poder de forzar a la
gente a "comunicarse" con ellos y entre sí en los términos
de la máquina. Todo aquello que estructuralmente no se
adapte a la lógica de las máquinas es efectivamente
"depurado" de una cultura dominada por el uso de éstas.
El comportamiento maquinal de la gente encadenada a la
electrónica constituye una degradación de su bienestar y
su dignidad, lo cual, para la gran mayoría y a largo
plazo, se ha de tornar intolerable. Las observaciones del
efecto degradador de los entornos programados demuestran
que en ellos las personas devienen insolentes, impotentes,
narcisistas y apolíticas. El proceso político se
resquebraja debido a que la gente deja de ser capaz de
gobernarse a sí misma; pide ser conducida.
Japón es tenido por la capital de la electrónica; sería
maravilloso si se tornase, para todo el mundo, en el modelo
de una nueva política de autolimitación en el área de las
comunicaciones, lo cual, en mi opinión, será de aquí en
adelante muy necesario si un pueblo desea permanecer
autogobernado.
La conducción electrónica como evento político puede
considerarse desde diversas perspectivas. Propondría, al
comienzo de esta consulta pública, intentar una
aproximación al tema desde la ecología política. Durante
la última década la ecología ha adquirido un nuevo
significado. Es aún el nombre de una rama de la biología
profesional, pero ese término sirve cada vez más para
designar a un público general amplio y políticamente
organizado que analiza e influye sobre las decisiones
técnicas. Pretendo concentrarme sobre los nuevos
hallazgos para la gestión electrónica como sinónimo de un
cambio técnico del medio ambiente humano que, para ser
benigno debe permanecer bajo control político (y no sólo
de los expertos).
Distinguiré al medio ambiente como bien común del medio
ambiente como riqueza. De nuestra habilidad para hacer
esta particular distinción depende no solo la construcción
no sólo de una teoría ecológica sensata, sino también de
una efectiva jurisprudencia ecológica.
Se debe señalar la distinción entre los bienes comunales
dentro de los que se enmarcan las actividades para la
subsistencia de la gente, y las riquezas de la tierra (los
recursos naturales) que sirven para la producción
económica de aquellas comodidades sobre las que se asienta
la vida actual. Si fuese un poeta, quizá pudiese hacer
esta distinción de manera hermosa e incisiva para que
llegase a vuestros corazones y permaneciese inolvidable.
Desafortunadamente, no soy un poeta japonés. Debo
dirigirme a vosotros en inglés, un lenguaje que durante
los pasados cien años ha perdido la habilidad para hacer
tal distinción.
"Commons" es una palabra del inglés antiguo. Según mis
amigos japoneses, está bastante próxima al significado que
"iriai" tiene aún en japonés. "Commons", como "iriai", es un
término que en la época preindustrial era usado para
designar ciertos aspectos del entorno. La gente llamaba
comunales a aquellas partes del entorno que quedaban más
allá de los propios umbrales y fuera de sus posesiones,
por las cuales --sin embargo-- se tenía derechos de usos
reconocidos, no para producir comodidades sino para
contribuir en el aprovisionamiento de las familias. La
ley consuetudinaria que humanizaba el entorno al
establecer los bienes comunales era, por lo general,
no-escrita. No era una ley escrita no sólo porque la
gente no se preocupó en escribirla, sino porque lo que
protegía era una realidad demasiado compleja como para
determinarla en párrafos. La ley de bienes comunales
regulaba el derecho de paso, de pesca, de caza, de
pastoreo y el de recolectar leña o plantas medicinales en
los bosques.
Un roble podía ser parte de los bienes comunales. Su
sombra, en verano, estaba reservada al pastor y su rebaño;
sus bellotas estaban reservadas para los cerdos de los
campesinos próximos; sus ramas secas servían de
combustible para las viudas de la aldea; en primavera,
algunas de sus ramas jóvenes eran usadas para ornar la
iglesia y al atardecer podía ser el sitio elegido para la
reunión de aldeanos. Cuando la gente hablaba de bienes
comunales, "iriai" designaba un aspecto del entorno que era
limitado, que era necesario para la supervivencia de la
comunidad, que era necesario para diversos grupos de
maneras diferentes, pero que --en un sentido económico
estricto-- no era entendido como escaso.
Cuando hoy, en Europa, utilizo ante estudiantes
universitarios el término "commons" (en alemán Almende o
Gemenheit, en italiano gli usi civici) mis oyentes piensan
de inmediato en el siglo XVIII. Piensan en aquellas
praderas de Inglaterra en las que los aldeanos tenían unas
pocas ovejas cada uno, y piensan también en el "cercado de
los campos de pastoreo" que transformó las praderas
comunales en recursos donde criar grandes rebaños con
fines comerciales. En primera instancia, no obstante, los
estudiantes piensan en la nueva pobreza que ese
cercamiento trajo aparejada: el empobrecimiento absoluto
de los campesinos que fueron forzados a abandonar las
tierras en pos de un trabajo asalariado; piensan, por
último, en el enriquecimiento comercial de los señores,
los lores.
En su inmediata reacción, los estudiantes piensan en el
surgimiento de un nuevo orden capitalista. Al
confrontarse con esa dolorosa novedad, olvidan que ese
cercamiento trajo implícito algo más básico aún. Las
valles en torno a los bienes comunales inauguraron un
nuevo orden ecológico. El cercamiento no sólo transfirió
el control de los campos de pastoreo de los campesinos al
señor; también marcó un cambio radical en las actitudes de
la sociedad frente al entorno natural. Anteriormente, en
cualquier sistema jurídico, la mayor parte del entorno
había sido considerada como bien comunal, con el que la
mayoría de la gente podía abastecer sus necesidades
básicas sin tener que recurrir al mercado. Después del
cercamiento, el entorno natural se tornó principalmente
una riqueza al servicio de "empresas" que, al organizar el
trabajo asalariado, transformaron la naturaleza en
aquellos bienes y servicios de los que depende la
satisfacción de las necesidades de los consumidores. Esta
transformación está en el punto ciego de la economía
política.
Este cambio de actitudes puede ilustrarse mejor si
pensamos en las calles en vez de considerar las áreas de
pastoreo. ¡Qué enorme diferencia vemos en los barrios de
la ciudad de México durante los últimos veinte años!
Entonces las calles de los barrios eran realmente bienes
comunales. Alguna gente utilizaba la calle para vender
hortalizas y carbón de leña. Otros colocaban sus sillas
en las aceras para beber café o tequila. Otros se reunían
en la calle para decidir quién sería el nuevo
representante del vecindario, o para determinar el precio
de un asno. Otros conducían a sus asnos por entre la
multitud, caminando próximos a sus bestias de carga; otros
montaban en sus sillas. Los niños jugaban en las zanjas
y, aún así, los caminantes podían usar la calle para ir de
un sitio a otro.
Tales calles no fueron construidas por la gente. Como
cualquier otro bien común, la calle misma era el resultado
de la gente que allí vivía y tornaba habitable ese
espacio. Las viviendas que franqueaban las calles no eran
hogares privados en el sentido moderno: garajes para el
depósito nocturno de los trabajadores. El umbral aún
separaba dos espacios vivientes, uno íntimo y otro común.
Pero ni los hogares en su sentido íntimo ni las calles
como bienes comunales sobrevivieron al crecimiento
económico.
En los nuevos barrios de Ciudad de México las calles ya no
son para la gente. Son ahora carreteras para coches, para
autobuses, para taxis y camiones. La gente es
difícilmente tolerada en las calles a menos que se dirija
hacia la parada de autobuses. Si ahora la gente se
sentase o detuviese en las calles sería un obstáculo para
el tránsito, y el tránsito sería peligroso para quien así
lo hiciere. La calle ha sido degradada de un bien
comunitario a un simple recurso para la circulación de
vehículos. La gente ya no puede circular por sus
espacios. El tránsito ha desplazado su movilidad. Sólo
puede circular cuando está precintada y se la traslada.
La apropiación de los campos de pastoreo por parte de los
señores fue desafiada, pero la más fundamental
transformación de esas áreas (y de las calles) de bienes
comunales a recursos, aconteció --hasta hace muy poco-- sin
ser objeto de crítica. La apropiación del entorno por la
minoría fue claramente reconocida como un abuso
intolerable. En contraste, la aún más degradante
transformación de las personas como miembros de una fuerza
de trabajo industrial en consumidores fue tomada -hasta
hace poco- como algo natural. Durante casi cien años la
mayoría de los Partidos Políticos se negaron a admitir la
acumulación de los recursos naturales en manos privadas.
Sin embargo, este cuestionamiento se concentró en la
utilización privada de esas riquezas, sin distinguir lo
que sucedía con los bienes comunales. De tal modo ha sido
así que aun los políticos anticapitalistas han reforzado
la legitimidad de esta transformación de los bienes
comunes en recursos.
Sólo muy recientemente, en la base de la sociedad, un
nuevo tipo de "intelecto popular" ha comenzado a reconocer
lo que ha estado aconteciendo. El cercamiento le ha
negado a la gente el derecho a esa clase de entorno en el
cual --a lo largo de toda la historia-- se había
fundamentado la economía moral de la subsistencia. El
cercamiento, una vez aceptado, redefine la comunidad;
socava la autonomía local de la comunidad. El cercamiento
de los bienes comunales favorece tanto los intereses de
los profesionales y burócratas estatales como los de los
capitalistas. El cercamiento permite al burócrata definir
la comunidad local como un ente incapaz de proveerse de lo
necesario para su propia subsistencia. Las personas se
tornan individuos económicos que dependen para su
supervivencia de las comodidades producidas para ellos.
Fundamentalmente, gran parte de los movimientos ciudadanos
representan una rebelión contra esta inducida redefinición
de la gente como consumidores.
Deseabais oírme hablar sobre electrónica, no sobre campos
de pastoreo y calles. Pero soy un historiador; quise
hablar primero sobre los bienes comunales del pasado,
según los conocía, para luego decir algunas cosas sobre la
presente y mucho mayor amenaza contra los bienes comunales
por parte de la electrónica.
Quien os habla es un hombre que nació hace 55 años en
Viena. Un mes después de su nacimiento fue subido a un
tren y luego a un barco que lo llevó a la isla de Brac.
Allí, en una aldea de la Costa Dálmata, su abuelo deseaba
bendecirlo. Mi abuelo vivía en la casa en la
que su familia había vivido desde la época en que los
Muromachi gobernaban desde Kyoto. Desde aquella época
muchos habían sido los gobernantes de la Costa Dálmata: el
Dux de Venecia, los sultanes de Estambul, los corsarios de
Almissa, los emperadores de Austria y los reyes de
Yugoslavia. Pero todos estos cambios en el uniforme y el
lenguaje de los gobernantes, poco habían alterado la vida
cotidiana durante los 500 años anteriores. Las mismas
vigas de olivo soportaban aún el techo de la casa de mi
abuelo. El agua se recogía en las mismas losas de piedra
sobre el techo. El vino era prensado en las mismas cubas,
el pescado cogido desde el mismo tipo de embarcaciones y
el aceite provenía de los árboles plantados cuando Edo
estaba naciendo.
Mi abuelo recibía las noticias dos veces al mes. Cuando
yo nací, para la gente que vivía alejada de las rutas
principales, la historia aún fluía lenta, imperceptiblemente.
Gran parte del entorno era aún un bien común. La gente
vivía en las casas que ella misma había construido; se
desplazaba por caminos que habían sido apisonados por el
paso de sus propios animales: era autónoma en la obtención y
el aprovechamiento de las aguas; dependía tan sólo de su voz
cuando deseaba hablar alto. Todo cambió con mi llegada
a Brac.
En el mismo barco en el que yo llegué en 1926, arribaba el
primer altavoz a la isla. Muy poca gente allí había oído
hablar de tal cosa con anterioridad. Hasta aquel día,
hombres y mujeres habían hablado con voces más o menos
igualmente potentes. En adelante todo eso cambiaría.
En adelante el acceso al micrófono determinaría qué voces
serían las amplificadas. El silencio había dejado de ser
un bien común; se tornó un recurso por el que habrían de
competir los altavoces. De este modo el lenguaje en sí
pasó a ser de un bien común local a un recurso nacional
para la comunicación. Así como el cercamiento por parte
de los señores incrementó la productividad nacional
mediante la negación al campesino para que criase unas
pocas ovejas, así la usurpación provocada por los
altavoces ha destruido ese silencio que durante toda la
historia le había otorgado a cada hombre y mujer su propia
voz. Al menos que tengáis acceso a un altavoz, estáis
silenciados.
Espero que el paralelismo sea visible ahora. Así como los
bienes comunales de espacio son vulnerables y pueden ser
destruidos por la motorización del tránsito, así también
los bienes comunales de expresión son vulnerables y pueden
ser fácilmente destruidos por la usurpación que de ellos
ejercen los modernos medios de comunicación.
El tema que propongo debería ya estar claro: cómo oponerse
a la usurpación --que realizan los nuevos artificios y
sistemas electrónicos-- de aquellos bienes comunales más
sutiles y más íntimos a nuestro ser que los campos de
pastoreo y las calles. El silencio, tanto según la
tradición occidental como la oriental, es necesario para
que surja la persona. Nos lo arrebatan las máquinas que
nos imitan. Fácilmente nos podemos tornar cada vez más
dependientes de las máquinas para hablar y para pensar,
del mismo modo que ya somos dependientes de las máquinas
para trasladarnos.
Semejante transformación del entorno, de bien común a
riqueza productiva, constituye la forma básica de la
degradación ambiental. Esta degradación tiene una larga
historia, que coincide con la historia del capitalismo
pero que de ningún modo puede reducirse a ella. Por
desgracia, la importancia de esta transformación ha sido
ignorada o minimizada por la ecología política hasta el
día de hoy. Es necesario que se la reconozca si pretendemos
organizar movimientos para la defensa de aquello que aún
queda de los bienes comunales. Esta defensa constituye la
tarea pública crucial para la acción política durante la
presente década. Tal tarea debe emprenderse urgentemente,
puesto que los bienes comunales pueden existir sin
policía, pero las riquezas naturales no. Así como sucede
con el tránsito, las computadoras requieren policías, en
cada vez más cantidad y de formas cada vez más sutiles.
Por definición, las riquezas requieren de la policía para
su defensa. Una vez que están defendidas, su recuperación
como bienes comunales se toma cada vez más y más difícil.
Esta es una razón especial para tal urgencia.
Fuente: Revista Mutantia, Numero 21, enero del 85